Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.”

Ítaca, Constantino Cavafis

 

Podríamos decir que tenemos un impulso interior que nos hace soñar con el mundo que nos queda por descubrir y nos hace sonreír al recordar los viajes pasados. Pensar que hemos estado en algunos lugares del mundo nos hace sentirnos realmente privilegiadas y sabemos que cuánto más viajamos, más queremos conocer. La lista nunca disminuye, sino que aumenta. Pero, ¿qué nos impulsa a viajar? ¿Por qué viajamos?

Viajamos para conocer el mundo. Así de sencillo. El mundo es un lugar enorme que queremos ir descubriendo y hay muchos lugares que nos despiertan fascinación. Queremos emocionarnos visitando Machu Picchu igual que lo hemos hecho recorriendo los templos de Angkor; queremos quedarnos sin aliento en el desierto de Atacama o emocionarnos viendo auroras boreales. Queremos asistir a ese nacimiento del mundo que tan bien describe Kapucinski en su libro Ébano cuando narra cómo es ver animales salvajes en algún país africano. Cuanto más viajamos, más larga se hace la lista de lugares que queremos conocer y el mundo se nos antoja aún más grande e interesante.

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En los templos de Angkor

Pero también viajamos para conocer otras culturas, otras realidades, otras personas, otras formas de vida. El ser humano, curioso por naturaleza, ha viajado desde los inicios de la humanidad porque viajar es percibir el mundo. Podemos pensar en Heródoto (siglo V a. C.), que dedicó gran parte de su vida a viajar para conocer determinados lugares y que escribió su famoso libro Historia; o en el mercader y viajero italiano Marco Polo (siglo XII) que viajó por Oriente Medio, Asia Central y Asia Oriental. Viajar era la forma de conocer el mundo y las culturas.

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Pescadería en Fez

Nosotras viajamos para percibir el mundo y ampliar nuestra mirada, ver realidades diferentes que nos hacen reflexionar y que nos hacen ser más tolerantes y respetuosas. Aprendemos de las diferencias y, a veces, nos damos cuenta que una simple sonrisa puede crear una unión mágica con alguien que vive en la otra punta del mundo.

Viajamos y aprendemos. Aprendemos porque viajamos y viajamos porque aprendemos. Aprendemos a respetar a las personas que encontramos en nuestro camino y aprendemos a respetar el mundo en el que vivimos porque viajando hemos sido conscientes tanto del impacto medioambiental como del impacto humano que tienen los viajes. Tenemos que ser capaces de viajar siendo tolerantes y respetuosos con todo lo que nos rodea, porque solo así seremos capaces de que todas las generaciones que vienen detrás puedan ser capaces de poder también de viajar y aprender.

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Sara en Egipto

Viajamos para descubrir el mundo con los cinco sentidos. Vemos, escuchamos, olemos, palpamos y degustamos. A través de la vista obtenemos la primera impresión de un lugar y a través de los ojos apreciamos su belleza. Edificios, monumentos, paisajes, rostros, sonrisas. A través del oído podemos descubrir sonidos nuevos a los que no estamos acostumbrados en nuestra vida diaria: la llamada a la oración de las mezquitas, el ruido incesante de cualquier lugar de la India, el silencio del desierto en Marruecos, el sonido del respirador cuando nos sumergimos bajo el mar. Pero además escuchamos, hablamos con la gente, con viajeros o viajeras.

El gusto nos hace conocer la cocina típica del país y para nosotras es una parte muy importante del viaje. Hay lugares que recordamos por su exquisita comida o sabores que nos teletransportan a algún lugar determinado. 

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Comiendo en Phnom Penh

El olfato está muy presente en algunos países. Los olores de los mercados de Marruecos, donde el olor a especies se entremezcla. El olor de los fogones de los food courts de Malasia. Las montañas del Rif de Marruecos que huelen a marihuana. Incluso olores, no tan agradables que se quedan igualmente impregnados en las fosas nasales como el olor a basura en ciertos lugares de India.

Y aunque el tacto es el sentido más sutil en lo que refiere a viajar, se puede percibir cada vez que estrechamos la mano de una persona en cualquier parte del mundo y sentimos esa calidez humana. 

Viajamos para conocer la historia, el pasado y conocer la realidad del presente. Los monumentos son a veces testigos silenciosos de su historia y por ello disfrutamos conociendo lugares como Petra o las pirámides, templos o tumbas de Egipto. Son recuerdo de las grandes civilizaciones del pasado y es difícil no emocionarse cuando se está frente a ellos.

Sin embargo, querer conocer la historia de determinados lugares te hace acercarte a la cara más cruel de la humanidad. Efectivamente, no es necesario viajar para conocer la historia de esos sitios. Desde la comodidad del sofá de tu casa puedes leer sobre la historia del genocidio camboyano o ver un documental sobre el genocidio nazi. Sin embargo, al visitar el Toul Sleng en Phnom Penh o el campo de exterminio en Auschwitz, pones rostros al sufrimiento humano, escuchas la historia y los testimonios de los supervivientes o sus familiares, ves habitaciones vacías en las que sabes que se vivieron momentos de tremendo sufrimiento e incluso puedes sentir el olor que aún queda impregnado. Visitando estos lugares recordamos y devolvemos a la vida las terribles experiencias humanas y colectivas que a veces quedan silenciadas y olvidadas.

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Museo del Genocido Toul Sleng en Phnom Penh

Viajamos porque salimos de nuestra zona de confort. Existen tantas formas de viajar como personas que viajan. Es cierto que hoy en día podríamos pensar que se viaja demasiado y que como dice David Jimenez el viajero ha pasado a ser una especie en extinción en un mundo rodeado de turistas”. Pero no pretendemos en este post de esa diferencia que se intenta marcar entre el turista y el viajero. En realidad, existen tantas formas de viajar como personas que viajan. Nosotras intentamos alejarnos de ese turismo de masas y de confort porque no va con nuestra forma de entender la vida y nos aleja de la realidad del lugar que estamos visitando. Esta forma de viajar, nos saca de nuestra zona de confort, nos da adrenalina de la buena al afrontar lo desconocido, lo que no conocemos. Es una forma de crecer personalmente y es que viajar te permite también conocerte un poquito más a ti misma.

Viajamos porque salimos de nuestra rutina, de la cotidianidad y es que en el viaje, como dijo  Annemarie Schwarzenbach, “las cosas se hacen como si fuera la última vez”. Y eso, inevitablemente te hace vivir y sentir las cosas más intensamente. Es como si el tiempo durante un viaje fuera un chicle que puedes estirar a tu gusto. Los días se hacen largos y las horas se aprovechan al máximo. Cuando viajamos percibimos el tiempo de forma diferente e incluso el lenguaje nos engaña. ¿A quién no le ha pasado eso de comentar algo que ha pasado hace unas horas como si hubiera pasado un par de días?

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De viaje por Luxor

En definitiva, viajamos porque nos hace felices. Puede parecer una obviedad, pero cada persona tiene diferentes aficiones, formas de vida que le mueven por dentro, que son su motor de vida y  que le hacen feliz. Viajar es uno de nuestros motores de vida.

Estos son los motivos por los que siempre queremos lanzarnos a la aventura de viajar. Y tú, ¿por qué viajas?

 

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